Germán Ponte: sus cacharros; sus teclas; su melodioso graznido; su espléndida misantropía.
Germán Ponte comenzó sus andares probando las deliciosas experiencias sonoras que podían obtenerse de los objetos más mundanos, incluyendo cacerolas de diversa afinación y silbatos de destrucción masiva. Tras unos infructuosos años de estudios musicales bajo la tutela de maestros que parecían apreciar que las notas estuvieran en su sitio (las pobres notas, que se encontraban tan panchas en libertad), comenzó a frecuentar compañías de dudosa condición y fue introducido en el oscuro y arcano mundo de la grabación de sonido.
Realizó su primera mezcla a los once años, su primer pingpong a los doce, y a partir de ahí todo fue un descalabro que terminó en el abismo de la informática y los malignos secuenciadores digitales. La exposición a la discretización numérica de las ondas sonoras propició que su incipiente síndrome obsesivo compulsivo explotara con aterradora virulencia para cortar, desplazar, empalmar, transformar y torturar a miles de inocentes regiones de audio y MIDI.